La fresca noche del viernes 25 de septiembre quedará guardada en la memoria de muchos vecinos de Lezama y, especialmente, de una joven familia que recorrió más de 220 kilómetros movida por una pasión difícil de explicar para quienes nunca sintieron la fascinación que despiertan los ferrocarriles.
Con casi una hora y media de atraso respecto del horario previsto, cerca de la medianoche finalmente pasó por la estación de Lezama la histórica locomotora a vapor Vulcan Foundry Nº 3925, popularmente conocida como “La 39 Grande”, rumbo a Mar del Plata y formando parte de una importante formación traccionada en esta oportunidad por una locomotora diésel.
El viaje tiene un motivo muy especial. Este sábado 26 de septiembre se cumplen 140 años de la llegada del primer tren a Mar del Plata, ocurrida en 1886, un acontecimiento que resultó determinante para el posterior crecimiento turístico, económico y social de la ciudad balnearia. Por ese aniversario, la centenaria vaporera volvió a recorrer las vías bonaerenses para convertirse en una de las grandes protagonistas de las celebraciones.
Pero “La 39 Grande” no viajó sola. La acompaña una verdadera muestra rodante de la historia ferroviaria argentina, integrada por históricos coches de pasajeros y otras piezas preservadas. Entre ellas sobresale una con un enorme valor histórico: el coche Oficial Werkspoor O.F. 1, utilizado por el papa Juan Pablo II durante su primera visita a la Argentina en 1982, cuando viajó por la línea Sarmiento hasta Luján, donde encabezó una histórica celebración religiosa en momentos en que el país atravesaba la Guerra de Malvinas.
Aunque en esta oportunidad la locomotora a vapor no realizó el esfuerzo principal de traccionar la pesada formación, continúa funcionando y necesita reaprovisionarse de agua para mantener operativo su sistema de vapor. Durante el recorrido hacia Mar del Plata se realizaron paradas técnicas y una de ellas tuvo lugar en Chascomús, donde los Bomberos Voluntarios colaboraron con la provisión de agua.
En las restantes estaciones intermedias, entre ellas Lezama, la formación continuó su marcha sin detenerse. Sin embargo, eso estuvo lejos de disminuir el interés. En distintas localidades numerosos vecinos se acercaron hasta las estaciones para verla pasar, aunque solamente fuera durante algunos segundos. Celulares preparados, cámaras fotográficas, familias enteras y, sobre todo, esa mezcla de nostalgia y admiración que todavía provocan los trenes acompañaron el recorrido nocturno.
Y en Lezama ocurrió una de esas pequeñas historias que quizás expliquen mucho mejor que cualquier descripción por qué el ferrocarril continúa despertando semejante sentimiento.
Matías Regina llegó desde el distrito bonaerense de Pilar junto a su esposa y sus pequeños hijos, Lolo y Fran, quienes la próxima semana cumplirán tres años. No tenían familiares para visitar en Lezama ni habían programado una salida para conocer la ciudad. Tampoco se trataba de un paseo organizado con anticipación. Hicieron más de 220 kilómetros por una razón mucho más sencilla: querían ver a “La 39 Grande”.
Todo había comenzado apenas unas horas antes. Al salir de su trabajo, Matías regresó a su casa y apuró todo lo posible el corte del césped que tenía pendiente. Después, casi espontáneamente, le dijo a su esposa que preparara el equipo de mate, alistara a los pequeños Lolo y Fran y se dispusiera para una aventura ferroviaria inesperada.
Subieron al automóvil y comenzaron a seguir el trayecto de la vaporera. Matías venía desde hacía tiempo siguiendo con enorme interés todo el proceso de recuperación de la Vulcan Foundry Nº 3925, restaurada después de décadas fuera de servicio gracias al trabajo realizado durante años por voluntarios y apasionados del patrimonio ferroviario.
La información que manejaban inicialmente indicaba que Lezama sería uno de los puntos donde la locomotora se detendría para reaprovisionarse de agua. Por eso eligieron esta ciudad como destino. Sin embargo, cuando llegaron se enteraron de que los planes habían cambiado y que la formación no se detendría en la estación lezamense.
Lejos de desanimarse, la noticia pareció aumentar todavía más la expectativa. Si no podían verla detenida, al menos podrían verla pasar. Y comenzó entonces una larga espera que terminaría convirtiéndose en mucho más que aguardar la llegada de un tren.
Matías, bajó el equipo de mate y rápidamente la estación dejó de ser simplemente el lugar donde esperaban una formación para transformarse en un verdadero espacio de encuentro. Allí conocieron a vecinos de Lezama que perseguían exactamente la misma ilusión, entre ellos Jason, quien también había concurrido acompañado por su pequeño hijo de tres años, y Raúl, otro apasionado lezamense de los ferrocarriles, cuyo padre trabajó en el ferrocarril y de quien seguramente heredó ese profundo amor por los trenes.
Mientras los adultos comenzaron a compartir mates, recuerdos, historias y anécdotas ferroviarias, entre los más pequeños ocurrió algo mucho más sencillo y espontáneo. El hijo de Jason rápidamente hizo amistad con Lolo y Fran y los tres comenzaron a corretear y jugar por la estación, ajenos a la demora de la formación y al frío que poco a poco comenzaba a hacerse sentir.
La imagen parecía recuperar por un momento aquellas estaciones de otros tiempos: los chicos jugando cerca de sus padres, los grandes compartiendo un mate y el tren como motivo del encuentro.
Mientras ellos corrían de un lado hacia otro esperando la llegada de aquella enorme máquina que tanto entusiasmo despertaba en sus padres, Matías, Jason y Raúl se quedaron conversando sobre una pasión capaz de atravesar generaciones.
Y mientras las agujas del reloj avanzaban y la formación acumulaba demora, la conversación retrocedía varias décadas. Hablaron del desaparecido ramal ferroviario que comunicaba Lezama con La Plata, de la enorme cantidad de trenes que circulaban antiguamente, de estaciones que permanecían activas durante buena parte del día y del extraordinario movimiento de pasajeros, encomiendas y mercaderías que el ferrocarril generaba en cada pueblo y ciudad.
Raúl tenía además una vinculación especialmente cercana con aquella historia. Su padre había trabajado en el ferrocarril, por lo que muchas de esas conversaciones no surgían solamente de fotografías, libros o relatos ajenos, sino también de recuerdos familiares transmitidos de una generación a otra.
Inevitablemente aparecieron también las historias de ramales levantados, servicios cancelados y estaciones que fueron perdiendo aquel protagonismo que durante décadas las convirtió en verdaderos corazones de las comunidades.
Tres hombres unidos circunstancialmente por una locomotora que todavía no llegaba hablaban de aquella Argentina ferroviaria mientras, a pocos metros, tres pequeños de apenas tres años jugaban juntos en la estación.
Tal vez sin saberlo, aquella escena encerraba buena parte del significado de la noche: una generación recordando el ferrocarril que fue y otra, recién comenzando la vida, descubriendo el mundo de los trenes de la mano de sus padres.
Los minutos continuaban pasando y la cambiante primavera bonaerense decidió recordarles que septiembre todavía puede ofrecer noches bastante frescas. Matías había salido tan entusiasmado desde Pilar que se olvidó de llevar una campera.
La remera con la que había llegado ya no parecía la mejor indumentaria para esperar al aire libre hasta casi la medianoche. Fue entonces cuando apareció otro de esos pequeños gestos que terminan haciendo inolvidable una noche: Jason fue hasta su automóvil, buscó una campera que tenía allí y se la prestó al visitante pilarense para que pudiera continuar la espera un poco más abrigado.
El tren todavía no llegaba, pero alrededor del mate ya nadie parecía demasiado preocupado por el reloj. Lolo, Fran y su flamante amiguito lezamense seguían jugando y correteando por la estación mientras sus padres continuaban una conversación que parecía no agotarse nunca.
Finalmente, después de casi una hora y media de demora, comenzaron a aparecer las señales de que la espera estaba por terminar. Cerca de la medianoche, la formación apareció finalmente sobre las vías de Lezama.
Entonces los juegos se detuvieron, los celulares comenzaron a levantarse y grandes y chicos dirigieron sus miradas hacia las vías. Fueron apenas unos segundos.
La locomotora diésel encabezando el esfuerzo, la imponente silueta de “La 39 Grande” y detrás los históricos coches atravesaron la estación ante las miradas, cámaras y teléfonos de quienes habían aguardado pacientemente durante horas. Y entonces todo valió la pena.
La alegría de Matías, su esposa, Lolo y Fran era difícil de describir. Habían recorrido más de 220 kilómetros, improvisado un viaje después de una jornada de trabajo, preparado a dos pequeños de casi tres años, soportado el atraso y el frío y esperado hasta prácticamente la medianoche para disfrutar de unos pocos segundos. Pero habían visto pasar a la 3925.
Y para un apasionado de los trenes, eso era suficiente.
Curiosamente, Matías y su familia no son usuarios habituales de los servicios ferroviarios. Su vínculo con el tren pasa por otro lado. Les encanta acercarse hasta las estaciones de su zona, observar las formaciones y sus maniobras y transmitirles a sus hijos esa curiosidad por un medio de transporte inseparable de la historia argentina. Matías, además, siguió con particular interés el proceso de recuperación de esta locomotora que permaneció durante décadas fuera de servicio antes de regresar a las vías.
Por supuesto, tampoco faltaron las bromas. Algunos vecinos lezamenses le señalaron que, después de haber recorrido más de 220 kilómetros hasta Lezama, bien podía hacer “un pequeño esfuerzo más” y continuar otros 250 kilómetros hasta Mar del Plata para reencontrarse con la vaporera.
Matías sonrió. La propuesta seguramente resultaba tentadora para alguien con semejante pasión, pero había que regresar. La aventura había surgido prácticamente de manera improvisada y en Pilar habían quedado varias obligaciones pendientes.
La histórica formación continuó entonces su marcha hacia Mar del Plata, donde este sábado será una de las grandes protagonistas de las actividades organizadas para conmemorar los 140 años de la llegada del ferrocarril a la ciudad. Allí, vecinos, turistas y aficionados tendrán la posibilidad de acercarse a esta verdadera pieza de la historia ferroviaria argentina y contemplar también los históricos coches que integran la formación.
Después llegará el momento de emprender el regreso y “La 39 Grande” volverá a recorrer las vías bonaerenses, dejando nuevamente a su paso imágenes que parecen transportar por algunos instantes hacia otras épocas.
En Lezama, mientras tanto, después del paso de la formación la estación volvió lentamente al silencio. Los vecinos comenzaron a regresar a sus hogares y Matías, su esposa, Lolo y Fran emprendieron el largo camino de regreso a Pilar, llevándose fotografías, videos y, fundamentalmente, una anécdota que seguramente dentro de muchos años podrán contarles a esos dos pequeños que aquella noche correteaban por una estación mientras esperaban una locomotora de casi un siglo.
También quedará el recuerdo de una amistad infantil nacida espontáneamente durante la espera, de los mates compartidos con personas que unas horas antes no se conocían, de las historias de Raúl y su vínculo familiar con el ferrocarril y hasta de aquella campera que Jason buscó en su automóvil para abrigar a alguien que había llegado desde más de 220 kilómetros de distancia simplemente porque amaba los trenes.
Porque quizás el ferrocarril tenga precisamente esa magia.
Los trenes pasan, las estaciones cambian y muchos servicios desaparecieron, pero los recuerdos permanecen. Para generaciones enteras, el ferrocarril significó comunicación, trabajo, progreso, encuentros y oportunidades para pueblos que crecieron alrededor de una estación.
Y todavía hoy, cuando una locomotora de casi cien años vuelve a recorrer aquellas mismas vías, alcanza con observar a una familia recorriendo más de 220 kilómetros simplemente para verla pasar durante unos segundos para comprender que aquella historia continúa viva.
Entre mates, una campera prestada, recuerdos ferroviarios, nuevos amigos y tres pequeños correteando por la estación, la fresca noche del viernes 25 se hizo más llevadera en Lezama.
Y aquella emoción no fue solamente de Matías y su familia, de Jason, su pequeño hijo o de Raúl. Muchas otras personas aguardaron pacientemente durante horas en inmediaciones de la estación de Lezama, pese al atraso y a una noche que se hacía cada vez más fresca. Familias, jóvenes, adultos y amantes del ferrocarril permanecieron allí con sus celulares preparados hasta que finalmente las luces de la formación comenzaron a dibujarse sobre las vías. Y cuando “La 39 Grande” desapareció finalmente en la oscuridad rumbo a Mar del Plata, cada uno emprendió el regreso a su casa con la sensación de haber sido testigo, aunque fuera por un instante, del paso de un pedacito vivo de nuestra historia.
