Alerta extrema por medusas en Mar del Plata: el verdadero motivo de la invasión y el método médico para anular la picadura

La temporada de verano 2026 en la Costa Atlántica, y particularmente en Mar del Plata, se está caracterizando por un fenómeno natural que genera alerta y desconcierto entre los turistas: una proliferación inusual de medusas, aguavivas y las imperceptibles tapiocas. Más allá de la molestia evidente que arruina el día de playa, este evento responde a alteraciones oceanográficas puntuales que requieren un análisis profundo para comprender por qué ocurre y, sobre todo, cómo actuar con precisión científica ante una picadura.

El récord térmico en el mar argentino durante febrero de 2026

La presencia masiva de estos celentéreos en balnearios de la ciudad no es un castigo fortuito, sino una consecuencia directa del calentamiento de las corrientes oceánicas. Durante la segunda quincena de enero y lo que va de febrero de 2026, la temperatura superficial del agua superó ampliamente los promedios climatológicos históricos de la última década. Los registros oficiales ubican las marcas por encima de los 21,8 grados centígrados, situándose en el cuartil más alto de la serie histórica.

Este incremento sostenido en la temperatura del agua actúa como un catalizador biológico. El calor acelera exponencialmente los procesos metabólicos de las medusas y favorece su reproducción masiva. Al ser organismos planctónicos carentes de un sistema de propulsión autónomo eficiente, son arrastradas dócilmente por los vientos y las corrientes cálidas hacia las zonas de menor profundidad, concentrándose en las orillas de poco oleaje donde interactúan, inevitablemente, con los bañistas.

Medusas pba

La diferencia biológica entre las clásicas aguavivas y las temidas tapiocas

En las playas marplatenses conviven actualmente dos amenazas de diferente escala, pero de igual naturaleza urticante. Por un lado, las aguavivas tradicionales, organismos gelatinosos de tamaño considerable que resultan fáciles de divisar y esquivar si el agua presenta cierta claridad. Por otro lado, las tapiocas, micro medusas que apenas alcanzan los dos centímetros de diámetro y son virtualmente invisibles en la espuma del mar.

Ambas especies comparten el mismo mecanismo de defensa y alimentación: los nematocistos. Se trata de estructuras celulares microscópicas alojadas en sus tentáculos que funcionan como arpones a presión. Carecen de cerebro o de voluntad de ataque; el disparo de estos dardos microscópicos se produce por una reacción puramente mecánica y química al entrar en contacto con la piel humana, inyectando toxinas directamente en el tejido.

El impacto clínico: qué ocurre en el cuerpo al recibir la toxina

El contacto accidental con los tentáculos activa de inmediato las células urticantes. El cuadro clínico estándar incluye un ardor punzante e instantáneo, seguido de enrojecimiento local (eritema), inflamación y una picazón intensa que simula una quemadura. En el caso de las tapiocas, al ser tan pequeñas, es común que se alojen dentro de las mallas o trajes de baño, generando múltiples picaduras por fricción.

Si bien en la gran mayoría de los casos estas toxinas no representan un riesgo grave, la respuesta del sistema inmunológico varía drásticamente según la persona. En individuos con pieles sensibles, niños pequeños o personas con predisposición alérgica, el malestar puede extenderse hasta por 15 días si no se interviene de manera adecuada, derivando en dermatitis persistentes o reacciones sistémicas de mayor gravedad.

El protocolo médico exacto para desactivar el dolor de la picadura

Ante el impacto de una medusa, la velocidad y la precisión en la respuesta determinan la evolución de la lesión. Los guardavidas y especialistas médicos de la costa atlántica han unificado un protocolo de acción estricto que desactiva el daño a nivel químico:

  • Evacuación inmediata: Salir del mar de forma rápida pero calmada para evitar nuevos contactos, ya que el movimiento excesivo en el agua puede fragmentar los tentáculos y multiplicar las picaduras.
  • Lavado exclusivo con agua de mar: Es el paso crítico. Se debe enjuagar la zona afectada abundantemente con agua del propio océano para arrastrar los restos de tentáculos que aún no han disparado sus toxinas.
  • Neutralización con ácido acético: La aplicación de vinagre blanco de forma directa es el antídoto de primera línea. El ácido acético altera el pH y desnaturaliza las proteínas de la toxina, desactivando los nematocistos que quedaron adheridos a la piel y evitando que sigan inyectando veneno.
  • Crioterapia local: Aplicar frío (hielo siempre envuelto en una tela o toalla, nunca directo) produce una vasoconstricción que reduce la inflamación y adormece las terminaciones nerviosas, aliviando el ardor de forma dramática.

Si a pesar de estos primeros auxilios la persona experimenta dificultad respiratoria, mareos, calambres musculares generalizados o una inflamación que excede ampliamente la zona de contacto, se está ante un cuadro de toxicidad sistémica. En este escenario, la atención médica de urgencia es innegociable y obligatoria.

El error más frecuente que empeora la picadura (y qué no hacer jamás)

El instinto natural frente a una quemadura suele ser el peor enemigo frente a una medusa. Existen dos errores fatales que agravan exponencialmente el daño tisular:

  • El uso de agua dulce: Lavar la herida con agua de la canilla, de la ducha o mineral es el error más grave. El cambio brusco en la presión osmótica provocado por el agua dulce hace que las células urticantes que aún están intactas sobre la piel “exploten” de golpe, liberando la totalidad de su carga tóxica de forma masiva hacia el torrente sanguíneo local.
  • Frotar o rascar la lesión: La fricción con una toalla, o el intento de quitar los restos frotando arena sobre la piel, ejerce una presión mecánica que dispara los dardos restantes e incrusta las toxinas en capas más profundas de la epidermis.

Estrategias preventivas para disfrutar de la costa sin sobresaltos

La convivencia con estos organismos requiere adaptación táctica. Informarse a través de los guardavidas sobre la presencia de aguavivas antes de ingresar al mar es la medida primaria. Los días de mar planchado (sin olas) y corrientes cálidas desde el océano son los escenarios de mayor riesgo.

Para quienes no desean renunciar al agua en los días de alerta, el uso de remeras con protección UV (lycra) o trajes de neoprene actúa como una barrera física infranqueable para los nematocistos. Finalmente, si se divisan medusas flotando en la orilla o incluso varadas y muertas en la arena, la regla de oro es la evasión total: las células urticantes conservan su capacidad tóxica durante semanas después de la muerte del animal, listas para activarse al más mínimo roce.

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