Cada 8 de enero, la Argentina recuerda al Gauchito Gil, una de las figuras más representativas de la religiosidad popular, cuya historia combina hechos reales, relatos orales y creencias transmitidas de generación en generación. Su figura, nacida en el siglo XIX, se mantiene vigente a través de una devoción que creció al margen de los cultos oficiales y se extendió a lo largo y ancho del país.
Antonio Mamerto Gil Núñez habría nacido en la provincia de Corrientes hacia mediados del siglo XIX, en un contexto marcado por conflictos políticos y guerras civiles. De acuerdo con la tradición, fue un hombre humilde, solidario con los más necesitados y reacio a participar de los enfrentamientos armados de la época, lo que lo convirtió en un perseguido por las autoridades.

Los relatos populares señalan que Gil fue detenido y acusado de desertor y bandolero. Tras permanecer encarcelado, fue trasladado para ser ejecutado el 8 de enero de 1878. La versión más difundida indica que, camino a su muerte, le habría dicho a su carcelero que no lo matara, ya que su hijo se encontraba gravemente enfermo. Según la creencia, le aseguró que, si rezaba en su nombre, el niño sanaría.
Pese a la advertencia, el Gauchito Gil fue degollado. Al regresar a su hogar, el carcelero habría encontrado a su hijo agonizando. Desesperado, recordó las palabras de Gil y decidió rezar invocándolo. De manera inmediata, el niño se habría recuperado, dando origen al primer milagro atribuido al Gauchito Gil y al inicio de su culto popular.

Conmovido por lo ocurrido, el carcelero regresó al lugar de la ejecución y dio sepultura al cuerpo. A partir de ese momento, comenzó a difundirse la fama milagrosa de Gil, especialmente entre los sectores populares, que encontraron en su figura un símbolo de injusticia, fe y protección frente a las adversidades.
Aunque la Iglesia Católica no lo reconoce como santo, el Gauchito Gil se consolidó como una de las devociones populares más fuertes del país.
Cada 8 de enero, miles de fieles se acercan a los santuarios para agradecer favores y renovar promesas, manteniendo viva una creencia que forma parte del patrimonio cultural argentino.














